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domingo, 11 de marzo de 2012

8

Dicen que uno de los síntomas de hacerse mayor es que recuerdas demasiado. Para mí es uno de los síntomas de que estás demasiado introspectivo. 


Supongo que esto es algo que contaré a mis nietos.



Recuerdo en mi calle los coches de policía, y las ambulancias. Recuerdo querer agarrarme al brazo de quien me llevaba al colegio. Decía, "no mireis, no mireis". Me aseguraron que iba a estar mejor allí, más distraída. Me dijeron que la lámpara del salón había temblado, que pensaron en un terremoto. Algún profesor intentó dar clase hasta que I. empezó a llorar. "Mis padres han pasado esta mañana por Atocha. Siempre pasan por Atocha". Cuando I. se calmó empezó C. Faltaba gente. Empecé a llorar. Mis padres también pasaban por Atocha, todas las mañanas. Vinieron a buscarme. Hubo una amenaza de bomba en la 2ª planta, buscando a mi hermana. A los que estábamos saliendo nos obligaron a sentarnos en el pasillo de azulejos verdes con la cabeza bajada. Las cristaleras de las clases como una amenaza.

Volviendo a casa seguían las ambulancias y los coches de policía. "Todo OK" decían todos. Nos pidieron el DNI para ir a casa y comprobar que éramos residentes. Nos prohibieron ver la tele. Antes de hacerlo, informaron de que el polideportivo del barrio se había cerrado para meter cuerpos, que habían ido médicos y que había una pierna colgando de un cable telefónico. Nos asomamos a la ventana, pero sólo veíamos el tejado en pico de metal. Nos bajaron la persiana a la mitad.

Recuerdo también la campaña de donación de sangre masiva después. Cómo decían que la Comunidad de Madrid "se había volcado". Recuerdo enfadarme al día siguiente porque era la delegada de clase, y al hacer el mural me parecía que poner las letras en amarillo, rojo y negro se parecería más a la bandera alemana que a cualquier símbolo de luto. Cabrearme con la democracia. Recuerdo las mesas puestas en el centro, como en un banquete, declararme atea poco después y no rezar esos días. Ese viernes tampoco fue mucha gente. Recuerdo en la tele niños del colegio rival al nuestro declarar que tenían sordera transitoria, pero no recuerdo conocer a ninguno. Recuerdo ir al centro médico y ver coronas de flores a lo lejos, y velas, y mi madre tirándome del brazo. Recuerdo acompañar a mi familia a votar, lo lleno que estaba ese centro. Sólo recuerdo dos votaciones: esa y la primera en la que voté.

Recuerdo crticiar el monumento en Atocha. Oda al papel del wáter. Recuerdo los puestos con víctimas, pidiendo información manipulada y sesgada.

Recuerdo caminar encima de las vías del tren y señalar a lo lejos el punto donde ocurrió. 


viernes, 18 de noviembre de 2011

El año definitivo

Este es un relato que escribí para mis clases de literatura pero que no mandé. ¿Por qué? Porque no hacía honor al título que nos habían pedido. A ver qué os parece. Me gustaría, - si alguien se lo lee -, que me dijera de qué le parece que trata; es decir, si pudiera decir qué intenta de expresar.


EL AÑO DEFINITIVO

Recuerdo a este hombre. Recuerdo su barba blanca y su camiseta en rayas azules y blancas. Lee a Hemingway y bebe café mientras nosotros hablamos sobre la independencia. Dos días después, Jorge y yo lo dejamos.
La primera nota apareció un mes después. Estaba pegada por fuera de mi taquilla. El burdo “te vamos a matar” fue a la papelera. Jaime soltó una carcajada aguda mientras comprobábamos el candado.
-          Habrá sido algún idiota – dijo él.
Otra nota con un “de esto no te escapas” apareció en la biblioteca por los finales de diciembre. Esta vez Jaime me pidió por favor hablar con la bibliotecaria.
-          ¿Estabas sentada en este sitio?
-          No.
-          Pero no está dirigida a ti, ¿no?
-          No.
-          Pero le mandaron otra nota hace poco, en su taquilla – dijo Jaime.
-          ¿Dónde está?
-          La tiré.
La bibliotecaria me aseguró que vigilarían mientras dejaban la nota sobre una pila de libros. Jaime me acompañó a casa aquella tarde. La luna del parabrisas nos separaba de la niebla ambarina. Me preguntó si estaba preocupada.
Fuimos a la policía con la siguiente nota. Era una foto, aparecía el Landrover de Jaime en el parking de la facultad.
-          Tienes un exnovio con el que lo dejaste recientemente, ¿verdad?
-          Hace tres meses.
-          ¿Qué pasó?
-          Yo no quería continuar con él.
-          ¿Le ves capaz de hacer esto?
-          No.
-          ¿Seguro?
-          Bueno, podría hacerlo… pero creo que no querría.
Dicen que en la facultad hay fantasmas. Llegan cadáveres prácticamente todos los días, los almacenes rebosan de cuerpos en junio. El frío en ciertos pasillos se metía en los muebles y en las paredes, caía hacia el suelo como jirones de vaho húmedo brillando con el reflejo aséptico de los fluorescentes.
Jaime me llamó y me pidió que habláramos. Le dije que no hacía falta. Él me dijo que no quería dejarlo de esta forma. Ni siquiera habíamos empezado. Mis padres me habían prohibido ir y volver sola de la facultad. Mis amigas me acompañaban al baño y al comedor. El pasillo que daba a las taquillas tenía las luces apagadas, sólo se reflejaba la luz azul de las máquinas expendedoras y un fluorescente lejano. Aquel día, me llevé los libros a casa.
Jorge me esperó un día a la salida de clase. Le expliqué toda la historia comiendo. Después de darme un cleenex me dijo que tenía muy claro que quería volver conmigo. Me preguntó qué opinaba.
La última nota que vi, ni siquiera estaba escrita. Jorge y yo íbamos a vaciar mi taquilla en junio cuando vimos la puerta abierta, aleteando furiosamente. Jorge salió corriendo hacia el final del pasillo mientras yo hacía una bola con el papel y lo dejaba caer en la papelera.
Recuerdo a este hombre. Recuerdo su barba blanca y su camiseta en rayas azules y blancas. La primera práctica que tuvimos después del verano fue de anatomía, el olor dulzón, asfixiante y químico del formol. Recuerdo a ese hombre porque está en mi mesa de disección.

Soy algo más visual...

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